Con la sala 5 del Paseo Aldrey casi completa se proyectó “Tengo sueños eléctricos”, de la costarricense Valentina Maurel.

La ópera prima de la directora, incluida en la Competencia Latinoamericana, muestra un momento clave en la vida de Eva (Daniela Marín Navarro), una joven a las puertas del mundo adulto, en plena efervescencia sexual, en un contexto familiar difícil y violento, con sus padres separándose y una pequeña hermana tan desconcertada como ella sobre lo que pasa en su núcleo afectivo.

Y lo que sucede desde la óptica de la protagonista es la desintegración de cualquier certeza sobre el comportamiento de las personas que están a su cargo, un padre que deambula en círculos literarios y escribe poesía y su madre, una exbailarina que no sabe bien cómo manejar la separación y tampoco tiene en claro qué hacer con esa hija adolescente bajo su techo.

El comienzo de la película es perturbador. Toda la familia, todavía unida, va en auto. La tensión entre los padres es evidente y cuando llegan a las puertas de casa el hombre no logra hacer que la llave del garaje funcione y en un ataque incontenible de ira comienza a pegarle cabezazos al portón hasta lastimarse.

“Tengo sueños eléctricos” podría tratarse de la violencia doméstica, pero el filme de Valentina Maurel complejiza la mirada y la puesta al instalar a la violencia como una característica de toda la familia.

Golpes en los brazos, tironeos de pelo, empujones, gritos son parte de la comunicación y paradójicamente aunque cueste procesarlo, la manera de demostrar afecto en cada uno de los integrantes de la familia.

En ese contexto se da el tránsito de Eva, que demuestra una extraña devoción por su padre, a quien acompaña en sus círculos intelectuales y de amigos y se ve expuesta y se involucra en situaciones que de ninguna manera corresponden a su edad.

“Nos queremos a gritos, a veces a golpes, una horda de animales salvajes soñando con ser humanos”, resume el padre en un texto leído en un taller literario ante la mirada de los asistentes entre los que se encuentra su hija, que cruza su mirada con él. Solo ellos parecen entender y el arte parece ser el único y último recurso para explicar lo que les pasa.

Publicado originalmente por el autor en Télam.

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