Teatro

Hombre a hombre con Tilda Swinton en la Corte Real – reseña

Han pasado 39 años desde la última vez que Tilda Swinton subió al escenario. Su interpretación de una mujer que imita a su marido en la película de Manfred Karge Hombre a hombre en Traverse y Royal Court en 1987, atrajo la atención de la directora de cine Sally Potter, quien la eligió como la Orlando que cambia de género.

Lo demás es historia. Swinton se convirtió en uno de los artistas cinematográficos más distintivos de la historia, colaborando con cineastas como Derek Jarman, Joanna Hogg, Wes Anderson y Pedro Almodóvar. Por no hablar de interpretar al doble de David Bowie.

Verla de nuevo en la Corte Real en la misma obra es en sí mismo un placer, pero la energía y la intensidad que aporta a este monólogo es otra cosa. De hecho, hay más de un indicio de Bowie en la personalidad juvenil que presta al imaginar a Ella/Max, una viuda que se pone la ropa de su marido muerto en la Alemania de Weimar y luego continúa adoptando diferentes personajes en sus intentos por sobrevivir.

La obra es a la vez un estudio de la resistencia y una advertencia sobre los peligros de la extrema derecha; Karge ha actualizado su texto para incluir tanto la caída del Muro de Berlín –representada por un trozo de cinta adhesiva roja que Swinton levanta del suelo– como el ascenso de la AFD. Esto tiene el efecto de señalar su relevancia pero debilitar su impulso.

Sin embargo, el desempeño discreto pero feroz de Swinton te ayuda a salir adelante. El equipo clave reunido a su alrededor es el mismo que antes. Bunny Christie proporciona una habitación cúbica blanca, salpicada de objetos que sitúan la época y evocan vidas: una radio de transistores maltrecha, una nevera de la que Swinton saca las latas de cerveza que bebe y escupe por el escenario, un cojín que se convierte en un bebé anhelado, un televisor en blanco y negro sobre un soporte, un árbol de Navidad.

En este espacio, Swinton, con pecheras en forma de Y rojas, chaleco de hilo y botas grandes, y untada con pintura blanca y lo que parece un huevo frito, se pavonea, se tambalea y se sienta, a veces hablando por un micrófono, a veces de pie o sentada en silencio, mientras personifica a los muchos personajes y tipos que encuentra en su cuento.

Le pone los pantalones a Max para evitar que muera de hambre aceptando su trabajo como conductor de grúa después de que él muere de cáncer; Ella imita cómo sus manos se debilitan y su cuerpo se dobla. Inicialmente, mantiene intacta la identidad de Ella y conserva su documento de identidad debajo del colchón, antes de regalarlo en un gesto de compasión.

El ascenso de Hitler está marcado por cánticos en la banda sonora de Elena Peña e imágenes granuladas de Matt Powell que se proyectan en las paredes, que Max unta con ketchup, como si fuera sangre. A partir de entonces, tiene que cambiar de forma para existir, demostrando que no es judía obligándose a comer carne de cerdo, demostrando su virilidad metiéndose un paño debajo de los calzoncillos y bebiendo cerveza y aguardiente con actitud altiva. Ella marca el espacio de una celda que condena a un prisionero a permanecer de pie todo el día antes de revelar, con evidente despreocupación, que era una oficial de las SA. “¿De qué otra manera podría evitar el examen médico?”

La dirección de Stephen Unwin de las 28 escenas cortas es clara y contundente, y el texto (traducido por Anthony Vivis) es una mezcla convincente de lo crudo y lo poético. Cuando Ella/Max piensa en su vida pasada como mujer, se ve a sí misma en términos de Blancanieves, pálida como la nieve. La melancólica interpretación de esas líneas por parte de Swinton es sólo una de las inflexiones de una actuación que captura las contradicciones de una vida dividida, a la vez lamentable y repugnante, admirable y repugnante.

Su sensación de alienación de sí misma y de los tiempos que vive es como un grito de advertencia. Una obra escrita en la década de 1980 habla muy alto hoy y es otra excelente adición a los 70 de la Corte Real.th temporada de aniversario.