Teatro

Musical Kiss of the Spider Woman en Curve, Leicester y de gira – reseña

El beso de la mujer araña regresa al escenario en un resurgimiento sorprendentemente íntimo y emocionalmente fundamentado, coproducido por Curve, Bristol Old Vic y Mayflower Southampton. Despojada de espectáculo, esta producción reduce el musical a su núcleo político y emocional, descubriendo una versión que se siente cruda e inmediata, con un efecto silenciosamente devastador.

Ambientada casi en su totalidad dentro de una celda de prisión durante la dictadura de la “Guerra Sucia” de Argentina, una era marcada por detenciones masivas y desapariciones forzadas, la puesta en escena utiliza el minimalismo para agudizar su impacto. El director Paul Foster acepta el confinamiento del escenario y utiliza la claustrofobia para intensificar, en lugar de limitar, el drama. El resultado es una pieza que confía en el material y sus artistas para hacer el trabajo pesado.

En el centro está la proximidad forzada entre dos prisioneros: Molina, un escaparate gay encarcelado por grave indecencia, y Valentín, un activista político comprometido. Inicialmente divididos por ideología y temperamento, su relación se desarrolla lenta y creíblemente, moldeada por la sospecha, la fricción y, en última instancia, la vulnerabilidad compartida.

Fabián Soto Pacheco ofrece una actuación bellamente estratificada como Molina, extravagante pero rica en sensibilidad y humor. Evitando estereotipos fáciles, presenta un personaje cuya calidez e imaginación funcionan como escudo y medio de supervivencia. Frente a él, George Blagden aporta una férrea convicción a Valentin, permitiendo gradualmente que aparezcan grietas a medida que las rígidas certezas del personaje se suavizan. Su dinámica en evolución parece ganada en lugar de inevitable, lo que ancla la producción con un peso emocional genuino.

Anna-Jane Casey en El beso de la mujer araña

Los momentos de alivio de la brutal realidad carcelaria llegan por cortesía de Aurora (y su personaje de Mujer Araña), interpretada con autoridad magnética por Anna-Jane Casey. Estas apariciones funcionan como algo más que interludios de fantasía, y sirven como necesidades psicológicas que encarnan el escape, el deseo y el temor. El diseño de vídeo y pantalla de Andrzej Goulding cobra importancia aquí, superponiendo imágenes cinematográficas clásicas, decorados estilizados y la presencia inminente de la Mujer Araña. Las proyecciones expanden el mundo visual sin dominarlo, subrayando la fantasía como algo seductor, pero frágil. Casey habita estas secuencias con una precisión glamorosa, su físico de araña cambia sin problemas entre el atractivo y la amenaza.

El equipo de diseño refuerza el contraste entre realidad y fantasía en todo momento. El austero escenario carcelario de David Woodhead, todo bares, camas y funcionalidad básica, parece deliberadamente inflexible, mientras que el vestuario de Gabriella Slade y la iluminación de Howard Hudson introducen cambios vívidos cada vez que los mundos imaginados de Molina se entrometen. Musicalmente, la partitura de John Kander y Fred Ebb se presenta con claridad y precisión emocional bajo la dirección musical de Dan Glover. Cada número emerge orgánicamente, mejorando la narrativa. La coreografía de Joanna Goodwin favorece la sofisticación sobre el espectáculo, asegurando que el movimiento permanezca arraigado en el carácter y la verdad emocional.

Sin embargo, lo que más persiste es la negativa de la producción a suavizar su final. Los momentos finales son más inquietantes que catárticos, y dejan al público con ambigüedad en lugar de liberación. Al negar respuestas fáciles, el avivamiento insiste en que el amor, la compasión y la conexión humana siguen siendo actos de resistencia, incluso frente al miedo y la brutalidad.